El Murmullo de las Abejas

Recuerdo que leí esta novela de Sofía Segovia el año pasado, gracias al club de libro en el que estoy. Me encantó su narración mágica, fluida y dulce. Ya que “El murmullo de las abejas huele a lavanda, a ropa hervida con jabón blanco, a naranjas y miel: una historia impredecible de amor y de entrega por una familia, por la vida, por la tierra y por un hermano al que se ha esperado siempre, pero también, la de una traición que puede acabarlo todo.”

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Esta novela me transportó a mi infancia, porque yo, al igual que los personajes, crecí en una hacienda mexicana del siglo XIX. En donde por la mañana me despertaban los “murmullos” de los pájaros, caballos, borregos y gallos, así como por las noches, me arrullaba con el viento de los árboles, el cantar de los insectos y de las lechuzas. Evocaciones de olor a campo,  de frutos, a antiguo, a café con leche y pan dulce; recuerdos a los que la narración de la autora me transportaron y de seguro te transportarán, aunque no los hayas vivido, te harán recrearlos en tu corazón. Novela, situada en la hacienda La Amistad, y ambientada en el año de 1910 en Linares, México. La reforma agraria está presente como de fondo, y la trama principal gira en torno a una familia: los Morales.

panal de abejas

Sofía Segovia hace uso del realismo mágico en varios momentos de la novela y es lo que hace que ésta sea evocadora y nostálgica. Es un realismo mágico distinto al de Juan Rulfo, aunque puede llegar a recordarnos a Isabel Allende o a Gabriel García Márquez. El personaje principal llamado Simonopio, no habla, pero escucha lo que los demás no pueden oír, él, tiene una manera muy particular de comunicarse, principalmente con las abejas, que son sus aliadas. La narración gira en torno a dos voces, una tercera persona que guía la trama, y la voz del hijo menor de los Morales, que enlaza el presente con el pasado, evocando sus recuerdos.

Simonopio llegó a la familia Morales una mañana de octubre, gracias a la nana Reja. Ella después de años de haber sido nodriza de la familia, por su avanzada edad, se la vivía en una mecedora. Sin embargo una mañana desapareció, para ser encontrada tirada en el campo, con dos bultos en los brazos: uno era un panal de abejas y otro era Simonopio, que para susto de los peones había nacido con labio leporino.

naranjas y abejas

La familia Morales, formada por Francisco y Beatriz, sus hijas y el hijo menor, adoptan a Simonopio, sin saber que sus vidas cambiará para siempre. Ya que Simonopio es un niño “mágico” por así decirlo, que se la vive rodeado de naranjas y abejas. Todos llegan a acostumbrarse a la dulce visita de sus amigas, que llegarán a salvarlos de algunas tragedias, y vivirán juntos diferentes situaciones de la vida. Ésta trama es la que te motivará a terminar el libro y querer seguir leyendo más sobre abejas y miel.

Porque el murmullo de las abejas es real para Simonopio y las abejas le susurran secretos que sólo él puede entender. Una historia que recomiendo ampliamente, ya que es una lectura fácil de llevar, y que te deja con olores puros de campo, así como de lugares repletos de sueños e historias.

sofia segovia

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Lugares sagrados

En la vida hay lugares sagrados, es decir,  lugares que han tocado lo más profundo de tu ser; puede ser la casa de tus abuelos donde pasaste la mayor parte de tu infancia jugando a las escondidas en los rincones y ocultándote de los cuadros que te daban miedo, o la hacienda en la que estabas desde el amanecer hasta el anochecer escalando árboles, recolectando insectos y montando a caballo, o al parque al que ibas a columpiarte y a tomar un raspado de fresas con coco y lechera.

Todos estos lugares son importantes no por el espacio físico, sino por la paz que te inspiran, por los recuerdos que te evocan, por los olores de ese lugar que nunca te cansas de descubrir, de atesorar y buscar en todas partes. Lugares sagrados, donde puedes amanecer con el canto de los pájaros y el susurrar de las hojas de los árboles estirándose para alcanzar los primeros rayos de sol. Lugares sagrados, donde puedes pasar una  tarde de lluvia en una terraza, oliendo la tierra mojada, leyendo un buen libro y sosteniendo entre tus manos una taza de café o chocolate caliente.

Tantos recuerdos por atesorar y tan poca vida para crear, porque de eso vivimos, de los recuerdos y del deseo de seguir creando esos espacios de vida en lugares sagrados. Lo único que nos queda es dar gracias por el tiempo en el que los disfrutamos, porque fueron un regalo y no otra cosa, por las paredes que guardan tesoros, secretos y palabras que retumbaron a lo largo de la vida.